20 de marzo de 2013

El debate saludable


Es notable como, hasta en los agnósticos declarados o en aquellos en los que las cuestiones religiosas hace rato habitan el territorio de la indiferencia, impactó el nombramiento de Jorge Bergoglio como máxima autoridad de la Iglesia Católica.

Una discepoliana mescolanza de sentimientos explotaron al unísono desde que adivinamos el nombre del argentino en el vetusto latín del primer anuncio.

Desde el fervor legítimo, respetable, de una feligresía que, como en el resto del mundo, va en retroceso numérico, hasta un sentimiento patriotero más relacionado con el fútbol que con inquietudes espirituales, todos opinamos sobre el ahora Papa Francisco.

5 de marzo de 2013

Hasta Siempre Comandante Hugo


EL 26 de Septiembre de 2012 nuestro Espacio, Carta Abierta, hacía conocer una declaración de apoyo a Hugo Cháves Frías en relación a las elecciones del pasado 7 de octubre, y decíamos:

No es una elección intrascendente: en gran medida se juega en ella la posibilidad de continuar con éxito el proceso de integración latinoamericano, en un marco de soberanía nacional y participación popular.

7 de octubre de 2012

ATENTOS, UNIDOS Y ORGANIZADOS

La injustificada prolongación del conflicto suscitado por el personal subalterno de Prefectura y Gendarmería durante la semana pasada, ha demandado que nos planteásemos las consideraciones que surgieron durante nuestra Asamblea del día de ayer, sábado 6 de octubre de 2012, para hacerlas públicas y darlas a conocer a nuestra comunidad.

La primera y fundamental es reconocer el derecho de todo trabajador a reclamar por lo que considera justo, en el marco del irrestricto respeto que establece el estado de plena Democracia que rige en nuestro país. Sin embargo, la actitud de los involucrados en este conflicto y sus consecuencias aunque la corrección de las medidas resistidas haya sido prácticamente inmediata, debe llamarnos a reflexión.

17 de septiembre de 2012

Carta Abierta 12: "La Diferencia"


1. El actual gobierno mantiene una diferencia que se hace notoria cuando crece la espesura de hechos que son portadores de cierta turbación y ambigüedad. Pero en las innumerables tensiones de la hora, permanece siempre un sentido decisorio ligado a un círculo efectivo de protección de las grandes reformas introducidas en la vida social, en la economía de los sectores populares, en las acciones que involucran al Estado asumiendo responsabilidades colectivas indelegables. Y, desde luego, en el tejido de la memoria nacional, como lo demuestran los juicios que siguen ensanchando las fronteras de la democracia activa, hijos del hiato que significó la decisión de que los símbolos del terrorismo de Estado caigan de las paredes del Colegio Militar en donde superponían la historia aciaga del pasado con las historias nuevas que debía vivir el país.
Así, el kirchnerismo es un implícito y explícito sentido de la historia basado en el igualitarismo político, social y de género; en el desarrollo nacional compartido con nuevas políticas ambientales, lo que aún debe perfilarse con vigor e imaginación nueva; en la modernidad basada en críticas pertinentes a la globalización; en el autonomismo de los movimientos sociales, aun cuando entre ellos y el Estado todavía deben generarse posibilidades más ricas de interrelación; en la promoción científica y técnica bajo el doble resguardo de la soberanía nacional y la autonomía del pensamiento crítico; en un latinoamericanismo activo que se inspire en los legados más que centenarios y pueda concretarse en el siglo XXI en nuevas sociedades mancomunadas sobreponiéndose a las acciones desestabilizadoras que son un acecho permanente, como lo demuestra el caso del Paraguay. Y tantos otros hechos, operantes en la memoria pública, que no se pueden oscurecer por los tropiezos y obstáculos que se ciernen en el horizonte. Pero el kirchnerismo es también una actuación posible, necesariamente creativa, en un mundo capitalista en quiebra, que como decían viejos y respetables escritos, surge y crece con sangre entre sus poros, arrastrando a los procesos populares, muchas veces, en su ordalía de decadencia y servidumbre.

27 de agosto de 2012

Hora del retiro

En cada una de nuestras Asambleas quincenales, quienes integramos el Espacio Carta Abierta Venado Tuerto, valoramos el privilegio que significa para nosotros el estar situados en este espacio del tiempo y en este lugar de la Historia Argentina.

De este modo, cada vez que sucede algún hecho político de las características del que dio a conocer días pasados el Presidente del PJ de la provincia de Santa Fe, José Luis Freyre, de desafiliar del Partido Justicialista a todos aquellos que tuvieron participación activa en la dictadura militar, y poner a consideración de la sociedad a los que colaboraron siendo funcionarios volvemos a justipreciar la necesidad de mirar hacia atrás y revisar críticamente mucho de lo acontecido en aquellos años en los que, instalada la última dictadura cívico militar eclesiástica, se llevó adelante un proyecto socioeconómico de destrucción del Estado Nacional en perjuicio de los sectores populares.

Entendemos que esta decisión debería ser evaluada e imitada por el resto de los partidos políticos e instituciones públicas, para llevar adelante acciones similares.

Ha llegado el esperado momento en el que todas las personas que por una decisión personal de adhesión al régimen militar cooperaron con el gobierno que llevó adelante la dictadura, se retiren de la función pública. Pocas cosas resultan tan saludables como esta para la democracia.

Le damos la bienvenida a este gesto.

Venado Tuerto, Agosto de 2012.-
Espacio Carta Abierta Venado Tuerto












5 de marzo de 2012

Los usos del lenguaje

La contratapa de Ricardo Forster

Lo sabemos sin necesidad de ser semiólogos, lingüistas o lectores del Diccionario del Uso del Español de la inconmensurable María Moliner, que parece haberle seguido la pista y las huellas a todas las palabras de nuestra lengua: más allá del sentido literal, cada palabra guarda no sólo un plus siempre enigmático y una ambigüedad que vuelve fascinante la multiplicidad de sentidos que puede contener y que hace más rica la existencia de los seres humanos habilitando también el territorio de la literatura y la poesía que muestra la fecundidad inagotable del idioma, sino que, también y fundamentalmente, responde, la circulación del lenguaje, a los usos políticos, culturales, mediáticos e ideológicos que le imprimen, casi siempre, su espesor y el modo como impactan en la vida de una sociedad. Nunca, y eso también lo sabemos, el lenguaje es puro e inocente ni se asemeja a las aguas cristalinas de un arroyo de montaña; a medida que va recorriendo las formas laberínticas de la comunicación, su densidad y su opacidad se le agregan como si fuera una segunda naturaleza y cada una de las palabras va siguiendo un camino que se escinde de su sentido original abriendo nuevas significaciones que se relacionan directamente con las mutaciones de la propia realidad. Lo que, en todo caso, el lenguaje o el idioma nunca deja de guardar son las sedimentaciones que su uso va dejando en la memoria cultural. Lo sepamos o no, somos en al medida en que el habla nos atraviesa dejando sus marcas y abriendo continuamente un doble horizonte: el que nos hace viajar hacia el pasado trayéndonos las connotaciones que se esconden en el interior de una palabra que regresa sobre nuestra cotidianidad y aquel otro que le da forma a nuestro hacer transformador haciéndonos girar, también, alrededor de las mutaciones del propio lenguaje con el que construimos nuestro mundo. Una misma palabra, eso también lo sabemos o lo intuimos, tiene diferentes impactos allí donde cada momento histórico le otorga sus propias cualidades.
En una época atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y de la información y en la que hay una relación estrecha y decisiva entre empresas massmediáticas y disputa por el sentido, resulta de una ingenuidad algo más que sospechosa creer que el uso y abuso de ciertos términos es el resultado de un juego espontáneo en el que la propia lógica de la comunicación social hace rodar palabras y conceptos que ocupan fuertemente la escena pública sin que tengan otra connotación que la mera casualidad o el juego azaroso a través del cual circulan las diferentes expresiones. Nada de eso. La circulación de determinadas palabras se relaciona directamente con ciertas “operaciones” que suelen ofrecerle, al lector crítico y atento, de eso que llamamos “realidad” las pistas como para descifrar qué se suele esconder detrás de la proliferación de tal o cual término repentinamente puesto de moda y repetido hasta el hartazgo por los grandes medios de comunicación en sus diferentes versiones gráficas o audiovisuales.
Una de esas palabras es “ajuste” (no deja de tener cierto interés, y de nuevo un modo de comprobar los cambios de sentido o de uso de acuerdo a las mutaciones históricas, que cuando María Moliner compuso su diccionario, allá por 1966, la bendita palabra remitía a muchas cosas menos al uso que hoy tiene en el terreno económico y a su inmediata connotación ideológica). Su sola mención abre una pequeña o gran conmoción en quien la escucha o en quien la pronuncia remitiendo, al receptor o al emisor, a experiencias ya vividas o absorbiendo, entre consciente e inconscientemente, un significado que, por ejemplo entre los argentinos, nos envía hacia un dèjá vu que no deja de erizarnos la piel allí donde nos recuerda su uso a destajo para avanzar, cada vez más, hacia una política devoradora de derechos, de conquistas sociales, de trabajo y hasta de dignidad en nombre de necesidades mayores y grandezas futuras que, en el mientras tanto, no hicieron otra cosa que dejar un tendal de daños y dañados que abarcaron la casi totalidad de la sociedad. La palabra “ajuste”, que hoy regresa brutalmente en la sociedad europea, a nosotros nos remite al ultraliberalismo del viejo Alsogaray y, más cerca en el tiempo, al corazón de las políticas neoliberales que hegemonizaron el sentido común durante la década del ’90. Una palabra, por otro lado, que quiere ser aséptica allí donde busca, vía la lógica del eufemismo, esconder el impacto de una determinada política que suele descargar todo el peso del “sacrificio” sobre las mayorías populares mientras sostiene a rajatablas el interés de los poderosos. Más difícil que encontrar una aguja en un pajar resulta encontrar algún momento político-social en el que el uso del término “ajuste” no haya ido en detrimento de esas mayorías. Su sola mención eriza la piel y nos pone a la defensiva (sería interesante preguntarles a griegos, italianos y españoles que sienten al escuchar, una y otra vez, que sus dirigencias políticas la pronuncian con tanta asiduidad y liviandad).
Lo paradójico del “retorno” de la palabra “ajuste” entre nosotros es que los que no se cansan de pronunciarla, a la hora de hablar de las actuales políticas económicas del gobierno de Cristina, son los mismos que sostuvieron, en los años del verdadero y brutal ajuste, todas aquellas acciones, desde Menem y Cavallo en adelante y que condujeron a la peor crisis social de nuestra historia, que recién comenzaron a ser revertidas cuando, de un modo inesperado, Néstor Kirchner llegó a la presidencia del país y comenzó un nuevo ciclo histórico que tuvo como norte orientador cambiar de raíz la lógica neoliberal. Y cambiar algo de raíz –es decir, someterla a la crítica– supone también modificar el sentido común y la persistencia de un idioma capturado por los engranajes discursivos y prácticos de un sistema, en este caso el neoliberal, que se encargó no sólo de transformar la estructura económica sino que también buscó alterar radicalmente la visión del mundo de la sociedad modificando, a su vez, la manera de decir y de relatar ese nuevo tiempo social, político y económico. De ahí el esfuerzo de dar una batalla por el relato que no se quedara en la simple constatación de las diferencias entre aquel modelo estructurado alrededor de la valorización financiera y este proyecto que intenta avanzar hacia otro modelo de acumulación que tenga en cuanta una más equitativa distribución de la riqueza.
Lo que la corporación mediática, centro neurálgico de la verdadera oposición, busca al reintroducir la palabra “ajuste”, como un modo de “sincerar” la “sintonía fina” de la que viene hablando Cristina como característica de la actual etapa, es vaciar de contenido político-ideológico al kirchnerismo denunciando su esencial “impostura” allí donde una cosa sería su retórica y otra sus acciones de gobierno. Según la oposición mediática (a la que ahora parece unírsele, creemos que por una falsa interpretación de la realidad y por una errónea política de disputa de liderazgo, un Hugo Moyano que parece haber “descubierto” que el kirchnerismo es igual al menemismo y que no hace otra cosa, finalmente, que equivocar el camino poniendo en entredicho los intereses y conquistas de los trabajadores a los que dice representar, intereses y conquistas que se multiplicaron en 8 años de una interesante alianza que nunca dejó de estar exenta de tensiones y contradicciones como parte de la complejidad de la vida democrática y de los difíciles equilibrios entre los intereses particulares y los intereses generales) estaríamos delante del final “del viento de cola” y, por lo tanto, del gran simulacro para regresar, aunque el gobierno no lo diga, a las tradicionales políticas de ajuste.
No eludir la disputa por el sentido implica, en este caso, desarmar la operación de la corporación mediática que intenta dañar al Gobierno apelando a lo que supuestamente sería un “giro a la derecha”, y una manera de hacerlo es darle contenido histórico y densidad política al uso, nuevamente, de ciertas palabras en contraposición a otras. Oponer la palabra “igualdad”, que Cristina ha vuelto a poner en el centro de la escena, a la palabra “ajuste” implica, una vez más, estrechar las relaciones entre el lenguaje y los grandes cambios de la vida social. Y eso, estimado lector, siempre lo supo la derecha que buscó ser la dueña del sentido común.

29 de enero de 2012

Londres manda otro “principito” a Malvinas


Publicado el 20 de Enero de 2012

Londres envía un nuevo “principito” a Malvinas en el marco de un rediseño estratégico militar británico. Rodear al príncipe William de un dispositivo armado, en un simulacro de peligro bélico argentino, constituye una creación de la misma calaña que el haber sostenido la existencia del “colonialismo” argentino. Una especie de gran espejo grotesco para invertir la realidad.
Tiene razón Martín Granovski cuando dice que “sería infantil suponer que es una salida militar sólo por razones internas”. Pero es necesario actualizar la crítica a la rémora colonialista que rige la política británica en épocas de profunda crisis internacional: es decir a la luz de las enconadas disputas actuales por la reconfiguración geoestratégica del mundo.La presidenta Cristina Fernández ha sabido leer esa nueva realidad, en lo que atañe a la Patria Grande, y les ha dicho a nuestros hermanos latinoamericanos que la ocupación colonial británica de Malvinas no es sólo un problema de la Argentina, sino una amenaza sobre toda América Latina. Es desde esa premisa presidencial que la labor diplomática obtiene el resonante apoyo del Mercosur y el CELAC.
La furiosa malvinización en que repentinamente se sumerge la política con David Cameron no es tan sólo del interés inglés. Hace tan sólo pocos días Barack Obama debió trazar un nuevo mapa para sus gastos militares, forzado por la drástica reducción del presupuesto de Defensa aprobado por su Parlamento. Curiosamente América Latina fue despriorizada. Pero advirtamos que EE UU, en un retroceso aparente, está empujando a sus socios a asumir roles que cubren las limitaciones  estadounidenses. Francia e Italia fueron sus mascarones en Libia y la malvinización bien puede ser otra cara del nuevo perfil de la OTAN, en este caso con el protagonismo de Gran Bretaña.
El dominio británico sobre las islas a comienzos del siglo XIX fue un remanente de su intento de extender los dominios de la corona a expensas de la decadencia de España en América. Fracasados sus planes sudamericanos, su pertinaz vocación colonialista hizo que mantuvieran a las “Falklands” como una suerte de “célula territorial dormida”, a activarse cuando fuese necesario. En ese aspecto la aventura militarista de Galtieri y Cía. es usada como excusa para el reforzamiento de su dispositivo bélico en las Malvinas. Hoy quieren y necesitan “facturar”: el horizonte de la explotación petrolera en el mar argentino, sumado a las importantes reservas marítimas brasileñas, convierten a las Malvinas en la potencialmente principal base militar para el control imperial en el Atlántico Sur, impensable sin la anuencia norteamericana. Y EE UU no tiene una “Base de Manta” en estas zonas. Limitados, política y presupuestariamente, los desplazamientos de la IV Flota estadounidense, las Islas Malvinas son un formidable portaaviones.
Hoy la Argentina no va a cometer el mismo error que la dictadura en 1982, que evaluó que EE UU iba a permanecer neutral. Cristina Fernández ha aquilatado suficientemente esas experiencias: sabe que nosotros pertenecemos a América Latina, que ese es nuestro bloque y que los intereses de las grandes potencias han desarrollado mezquinas lealtades que los unen en estos casos. La persistencia de mantener en la agenda presidencial la cuestión Malvinas habla de la alta conciencia del kirchnerismo sobre nuestros derechos soberanos. La labor diplomática incansable alrededor de las Resoluciones de las Naciones Unidas que incumple Gran Bretaña no dejan lugar a dudas sobre la vocación institucional y pacífica de nuestras políticas.
Sin embargo, los rasgos que va adquiriendo la extrema “malvinización” de Gran Bretaña y la militarización de las grandes potencias en general no augura nada bueno. Es necesario denunciar con vigor todo reforzamiento de las maniobras y las instalaciones militares en la isla, porque eso es lo que pone en peligro la paz en la región, y reclamar incansablemente que se reabra el diálogo y la negociación sobre la ocupación colonial. A la par, la Argentina debe redoblar sus esfuerzos por acordar una política de Defensa Común de la Unasur y establecer todos los mecanismos e instituciones regionales que sean necesarios.

11 de enero de 2012

A propósito de la aparición del primer documento de Plataforma 2012. Buenos Argumentos


“Argumentos para una mayor igualdad”







 Por Alejandro Grimson, Victorio Paulón, Jorge Gaggero, Florencia Abbate *
Esta carta pretende escapar a una falsa polarización. Quienes firman Plataforma, quienes adhieren y promueven Carta Abierta y quienes firmamos estos “Argumentos” afirmamos desear que la Argentina sea una sociedad más igualitaria. ¿Cómo es posible que nuestro diagnóstico acerca de lo que sucede en el país sea tan distante del de Plataforma?
El pensamiento crítico, que reivindicamos, distingue entre cualidades diferentes, se adentra con cuidado en procesos complejos. No descalifica a los adversarios o a quienes piensan diferente: construye argumentos. Quienes firmamos este texto creemos que es urgente desplegar un debate franco, que busque reconocer los matices y complejidades del proceso actual.
Cuando se parte de una presuposición, por ejemplo que este gobierno es calamitoso o maravilloso, y de ello se deriva que todo lo que haga ese gobierno tendrá esa misma cualidad, se está renunciando al análisis político y a la principal función de la crítica, que es la capacidad de distinguir.
Los firmantes de Plataforma 2012, con algunos de los cuales hemos compartido muchas luchas, parten de una idea que consideramos equivocada: este gobierno es nefasto y sólo hace cosas nefastas. Vamos a detenernos en las principales afirmaciones:
1 “Se ha profundizado la desigualdad”. Esto no puede afirmarse y menos aún al pasar. Los compañeros saben que hay distintas formas de estudiar la distribución del ingreso y que en cualquiera de ellas la desigualdad no se ha profundizado desde 2003 a la actualidad. La Asignación Universal, la ampliación de las jubilaciones, la reducción del trabajo precario (aún modesta para los objetivos que deben plantearse) ayudaron a eso. Las tan vapuleadas retenciones y el Impuesto a las Ganancias (aunque está pendiente una reforma impositiva) mejoran la distribución. Además, leyes como el matrimonio igualitario o del peón rural reducen otras desigualdades. Nos parece muy preocupante que se realice una afirmación tan grave sin análisis ni datos. ¿Acaso Plataforma no pretende convencer a los que piensan distinto?
2 Vemos con idéntica preocupación a la de los compañeros que desde los hechos del Parque Indoamericano en 2010 y la represión en Formosa, comience a agrietarse una de las grandes conquistas democráticas posteriores a los asesinatos de Kosteki y Santillán. Nos referimos a la máxima, tan criticada por los medios masivos, de que la policía concurra sin armas a las protestas sociales. El primer quiebre fue el asesinato de Fuentealba, con evidente responsabilidad de la policía provincial, que produjo una protesta de la CTA y de la CGT (incluyendo paro de actividades). El asesinato de Mariano Ferreyra, con gran repercusión, está siendo investigado y produjo la inédita consecuencia de un secretario general gremial preso. Ese hecho parece no existir para Plataforma. Por nuestra parte, consideramos imprescindible que el gobierno nacional tenga una política consecuente con su política de derechos humanos en relación con los asesinatos ocurridos en Jujuy, Santiago del Estero, Formosa y otras provincias. Una política que logre retrotraernos a la situación previa a los primeros muertos en protestas en las provincias. Creemos firmemente que es necesario que todas las organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos tomen esta cuestión como central en su agenda. Ese es el desafío no sólo para el Gobierno, sino también para muchos actores de la sociedad argentina.
3 Todos los gobiernos, de izquierda o de derecha, construyen relatos. La pregunta no es si los intelectuales se sienten interpelados por esos relatos. La pregunta crítica es qué habilitan y qué obstruyen dichas narraciones. Honestamente, entre quienes apoyan las principales medidas de los últimos años, vemos énfasis bastante distintos, comentarios críticos, disputas relevantes e irrelevantes. La crítica a la ley antiterrorista ha sido la muestra más reciente de lo que afirmamos: hay un debate público. No vemos un discurso único, salvo que así parezca el acuerdo profundo en enfrentar los discursos de aquellos economistas que quieren llevar a este país a los años noventa.
4 Existen disputas por la legitimidad política muy asociadas con los procesos de distribución económica. Y esas luchas son verdaderamente complicadas. No sólo porque una corriente progresista, que ha tenido diferentes capítulos en la historia del país, siga creyendo que las mayorías populares están engañadas, dado que han manifestado su apoyo a pesar de la supuesta “profundización de la desigualdad”. También, y principalmente, porque los poderes económicos y corporativos son mucho más reales de lo que un lector de la Plataforma podría suponer. En su texto no mencionan sus tensiones con el Gobierno: esas tensiones serían “puro relato”. Pero todos hemos visto actuar a los grupos rurales, eclesiásticos, a los medios, a transnacionales, fondos buitre y gobiernos extranjeros. ¿Qué fueron esos hechos? ¿Pura ficción?
5 Hoy se despliega en el país una tensión y una disyuntiva entre una concepción neodesarrollista, que en el fondo cree que mayores formas de inclusión y justicia serán alcanzadas gracias al crecimiento económico y una concepción igualitarista que cree en un desarrollo integral, económico, social, ambiental y cultural. Para evaluar hacia dónde nos lleva una ley o una política, no es suficiente mirar quién la vota: es imprescindible analizar sus efectos o no de transformación social.
6 Que haya acciones y metodologías del Gobierno que no compartamos (el Indec, la minería contaminante) no nos lleva a creer que exista hoy en la Argentina la posibilidad de una construcción de izquierda que insista en desconocer los avances logrados en estos años. Un pensamiento crítico comprometido con lo que hay que lograr, pero también con lo logrado, intervendrá activamente en el debate acerca de lo que falta, que es un avance cualitativo en todos los terrenos de una mayor igualdad.
Quienes creen que nos encontramos ante el demonio y que todo lo que vivimos es solamente una fantochada, una puesta en escena, cometen el error de persistir en un análisis que elude los temas centrales de las políticas del Gobierno y también hacen silencio ante el papel de los poderes a los que se enfrenta. Ese error profundiza la idea de que hay dos trincheras. Cuando tengamos un debate con matices, percibiremos que no serán los mismos los argumentos de los compañeros de Carta Abierta (que no pueden ser calificados como “voceros del Gobierno”) que los de Plataforma, pero tampoco los de sus integrantes. Quien conoce a las personas por sus trayectorias, sus hechos y sus dichos sabe que es bueno siempre juntarse, con el riesgo de que en el entusiasmo transmitido de unos a otros esa ausencia de matices pueda terminar en rejunte.
* También firman, entre otros, Roberto Pianelli, Alicia Azubel, Sandra Arito, Eduardo Menajovsky, Claudio Ingerflom, Luisa Valenzuela, Norma Díaz, Paula Abal Medina, Rita Segato, Gustavo Tieffenberg, Jorge Sarquis, Osvaldo Pedroso, Gerardo Aboy Carlés, Hugo Rapoport, Karina Bidaseca, Ariel Lupo, Laura Malosetti, Marta Dujovne, Jorge Kors, Nicolás Escobari, María G. Rodríguez, Damián Pierbattisti, Alejandro Falco, Estela Maidac, Alexandre Roig, José Lipovetzky, Nicolás Freibrun, Eduardo Smalinsky, Alcides Chiesa, Liliana Lukin, Víctor de Zavalía, Horacio Feinstein, Ana Cambours de Donini, Sonia Otamendi, Leda Schiavo, Sebastián Pereyra, Hugo Germano, Gabriel Noel, Daniel Mundo, Pablo De Biase, Ana Castellani, Martín Plot, Gustavo Dalmazzo, Juan Lo Bianco, Sergio Caggiano, Irma Zacaria, Juan Luis Fornero, Débora Gorbán, Cora Arias, Tukuta Gordillo, Graciela Jacob, Ariel Wilkis, Philip Kitzberger, Generación Política Sur, Juan Carlos Marín.

30 de diciembre de 2011

HEBE, EN LA LECTURA DE LA "CARTA DE LA IGUALDAD" DEL ESPACIO CARTA ABIERTA


La presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo estuvo, este mediodía, en la Asociación Argentina de Actores en la lectura de la Carta Abierta número 11.
Hebe fue invitada a escuchar la lectura del documento, cuyo eje principal es la igualdad, además de hacer un recorrido por los últimos ocho años de gobierno a partir de la asunción de Néstor Kirchner.
Al arribar, la Presidenta de la Asociación recibió cálidos aplausos del público presente, en su mayoría miembros del espacio Carta Abierta. Entre otros, se acercaron a saludarla el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González; el filósofo Ricardo Forster; Carlos Girotti, sociólogo y dirigente de la CTA,; y la actriz Ana Celentano.
En diálogo con los medios presentes, Hebe sostuvo: "Me invitaron a la lectura de la nueva Carta, y vengo a escucharla y a participar. Siempre han sido muy interesantes las Cartas, y luego la analizaremos". Posteriormente, al ser consultada sobre qué representan para las Madres el espacio de Carta Abierta, expresó: "Me parece muy importante que los intelectuales se hayan decidido a apoyar. La intelectualidad siempre estuvieron lejos de las Madres, en principio nos costó muchísimo y sufrimos, y el paso que dieron fue maravilloso".
Luego, ante consultas periodísticas, reflexionó sobre los próximos cuatro años: "Siempre uno tiene sueños que se van cumpliendo, y tratando que la igualdad sea una realidad, como hace Cristina que lo repite. También la libertad, la libertad de prensa, el trabajo, la educación, y ahora el tema de la igualdad que es muy difícil, en un país tan extenso. Estuve hablando con el 'Perro' Santillán que sigue peleando allá en Jujuy, y vemos que hay gente que le falta, pero entre todos, poniendo un poco cada uno, vamos a llegar".
Finalmente, se refirió a la combinación de los conceptos "igualdad" con el "capitalismo": "Hay muchas formas de ver al capitalismo, es como el marxismo, cada uno lo ve de manera distinta. El capitalismo siempre fue represión, opresión, dictadura, invasiones, eso ha hecho el capitalismo. El socialismo también ha tenido sus cosas malas, entonces me parece que hay que lograr un término medio, tal vez haya que inventar un nombre nuevo entre el capitalismo y el socialismo, entre el marxismo y el peronismo, se tiene que dar eso, porque lo que hizo el peronismo es una maravilla, pero si lo analizás desde la época del marxismo lo que hacía Perón estaba mal. Creo que llegó el momento de lograr un término medio".
La "Carta de la Igualdad" analiza el proceso que llevó a la reelección de Cristina Kirchner y los desafíos que se abren a partir de su segundo mandato, además de recorrer las principales medidas de los últimos ocho año de administración kirchnerista.
El primer párrafo expresa: "El triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones del 23 de octubre con el 54 por ciento de los votos expresa la voluntad popular por la profundización de los cambios. En esa decisión de millones de personas se vislumbra la apuesta por una política transformadora, perseverante en su irreverencia frente al orden establecido".
En tanto, en alusión al impulso del gobierno a las cuestiones de derechos humanos, en otro de sus párrafos puede leerse: "En nuestro país se había desarrollado una inédita construcción militante de derechos humanos. Heroica por parte de las Madres de la Plaza, que en plena dictadura lucharon por la recuperación de sus hijos, y multiplicada luego en un vasto friso de militancias. Con la decisión de desarmar el dispositivo de la impunidad, el gobierno recuperaba las reivindicaciones centrales de ese movimiento: Memoria, Verdad y Justicia y, al hacerlo, se fundaba a sí mismo como una experiencia política radicalmente nueva".


26 de diciembre de 2011


Desde el Espacio Carta Abierta Venado Tuerto invitamos a la lectura pública de la Carta Abierta nº 11 en la CABA



JUEVES 29 DE DICIEMBRE DE 2011
LECTURA PÚBLICA DE LA CARTA ABIERTA /11
LA CARTA DE LA IGUALDAD
En los hilos del presente argentino, en los hechos que fueron amasando sus condiciones, es posible encontrar algunos que llevan hacia la cuestión de la igualdad. Esa es, creemos, la carta que hay que jugar en el período político que se abre con la reasunción de Cristina Kirchner como Presidenta. Esa carta supone continuidad de las políticas de ampliación de derechos, que van desde considerar la igualdad en el plano del derecho al ingreso –con la asignación universal por hijo- hasta el reconocimiento de los mismos derechos para grupos diferentes, como ocurre con la ley del matrimonio igualitario o la de identidad de género. La igualdad está en el nombre mismo de esas normas y, a la vez, es el horizonte irrenunciable de las mejores políticas del país.

Pero también la igualdad exige novedad y profundización: más vastas reformas económicas –que incluyan la reglamentación tributaria, la afirmación de las paritarias y la mejoría salarial; las normas para sustraer las políticas económicas del condicionamiento que supone una economía concentrada y transnacionalizada-; arriesgadas vocaciones por la justicia, que lleven a considerar leyes apropiadas para garantizar el derecho a la tierra de los campesinos e indígenas; primacía del interés público y no de la especulación inmobiliaria en la cuestión del hábitat popular y el desarrollo urbano; y políticas de Estado para la afirmación de la universalidad de la educación y la salud.

Porque mucho se ha realizado, mucho más se hace visible como pendiente. Y reclama imaginación política, fervores colectivos y lúcidos compromisos.-


A LAS 12:45

EN LA ASOCIACIÓN ARGENTINA DE ACTORES

ALSINA 1762 - C.A.B.A.

NUNCA MENOS!

20 de diciembre de 2011

NOTICIAS DE LA IGUALDAD Por Carlos Girotti (*)


Siete lectores su turnaron en la asamblea sabatina del Espacio Carta Abierta para dar a conocer entre los asistentes las siete carillas del nuevo documento público del grupo de intelectuales. Se trata de la onceava carta que lleva por título “Carta de la igualdad”. Hubo aportes, debates y, al cabo, cuando todos se disponían a comenzar el ya habitual brindis de fin de año en la explanada de la Biblioteca Nacional, Amado Boudou sorprendió con su imprevista concurrencia. También estuvieron , como en oportunidades similares, el senador Daniel Filmus y el Secretario de Empleo, Enrique Deibe, pero la llegada del Vicepresidente introdujo una certeza incontrastable: la vigencia de Carta Abierta en el nuevo escenario político.


La crítica situación que, en 2008, hizo que un pequeño pero muy significativo grupo de personas vinculadas a las artes, las ciencias, la educación y la esfera cultural, se pronunciaran en defensa del gobierno asediado de CFK, ha quedado atrás. No es preciso leer las diez cartas elaboradas a lo largo de todo de este tiempo para confirmar tal evidencia. Sin embargo, el derrotero de Carta Abierta podía haber concluido con el 54% de los votos obtenidos por la Presidenta en la última elección. Ya no se estaba frente a la posibilidad cercana de que el gobierno democrático sucumbiera ante el “clima destituyente” generado por la acción combinada de la Mesa de Enlace y los grandes medios de comunicación. Tampoco urgían las respuestas, como en aquella asamblea en Parque Lezama a la que concurrió Néstor Kirchner, una semana más tarde del revés electoral de 2009. Sin embargo, la intuición de que el nuevo escenario político que sucedería a la victoria del pasado mes de octubre traería también desafíos originales y preguntas inquietantes, llevó a la redacción de la “Carta de la igualdad” sin que ello importara, para este espacio intelectual, una suerte de certificado de inmortalidad.

Pero la cuestión de la igualdad, eje vertebrador de la última expresión pública de Carta Abierta, atraviesa todas las cuestiones que hacen a la profundización de la democracia. No es del caso citar aquí párrafos del documento aprobado este sábado; al fin y al cabo, el texto será dado a conocer en breve por sus propios hacedores. Sin embargo, los hechos más resonantes de las últimas semanas, parecieran afirmar que el debate en torno a la igualdad no será, en lo sucesivo, una actividad decorativa en el presente período constitucional.

El crimen que segó la vida del campesino Cristian Ferreyra, independientemente de que sus autores materiales e intelectuales estén presos y sean juzgados, reabre con dramatismo la necesidad urgente de que el parlamento nacional sancione una ley que impida el desalojo de las comunidades de pequeños agricultores y de pueblos originarios de sus tierras ancestrales. Y aun así, en el supuesto de que esa norma ya existiese, la legítima reivindicación todavía podría ser conjurada por autoridades inescrupulosas valiéndose de formas represivas no interdictas o amparadas, peligrosamente, en algunos artículos de la llamada ley antiterrorista, como ya lo han señalado todos los organismos de derechos humanos. La cuestión de la tierra, es evidente, no se reduce a la concentración de la propiedad ni a la extranjerización de ésta; el modelo extractivista tiende a arrasar las antiguas culturas locales, las economías regionales y, junto con ellas, a los ciudadanos que las conforman. Suponer que ellos permanecerán sin inquietarse implica desconocer que, precisamente en los últimos ocho años y medio, el concepto de ciudadanía se ha hecho conciencia en la misma medida en que se ha recuperado la confianza en la política como instrumento de cambio.

En otro orden, la cuestión del trabajo no registrado –que ha experimentado mermas pero aún insuficientes- advierte sobre el ancho campo de conflictos que yace sobre el hecho de que el 34% de la mano de obra ocupada, jóvenes en su inmensa mayoría, se encuentra dentro de esa categoría. Es paradójico que, con esos indicadores, el acto realizado por la CGT en el estadio de Huracán haya jerarquizado las reivindicaciones de la franja mejor remunerada de los trabajadores para confrontar, políticamente por cierto, con el Gobierno. Y es aún más paradójico que la fracción antikirchnerista de la CTA haya descubierto que es posible la unidad en la acción con la CGT cuando, hasta ayer, eso era sinónimo de traición. La cuestión del trabajo no registrado –que no incluye al trabajo precario, siendo que éste persiste como otra lacra propia de una década atrás- atañe directamente a la cuestión de la igualdad porque las grandes patronales siguen midiendo su rentabilidad en base a estas inequidades.

Los ejemplos citados –y se comprenderá que la lista podría incluir, si no fuera por la limitación de espacio, temas igualmente urgentes como la reforma de la carta orgánica del Banco Central, una nueva ley tributaria, otra para las actividades financieras y así por delante- ponen de relieve que el nuevo escenario político trae desafíos también novedosos para la profundización del proyecto que comenzara en 2003 con Néstor Kirchner.

En este contexto, el debate de ideas, el reconocimiento de la existencia de miradas diferentes dentro de ese mismo proyecto, no puede ser sino una etapa superior en la que se enmarca el gobierno nacional, popular y democrático de Cristina Fernández. Pero si el litigio por la igualdad admite el concurso de distintos aportes y enfoques, lo que queda fuera de esta discusión es todo aquello que atente contra la posibilidad misma de la existencia de dicho debate porque, entonces, ya no sería tal: sería confrontación pura y dura.

La certeza de que este tiempo histórico impone un salto cualitativo hace que, propuestas como las del Espacio Carta Abierta, adquieran renovada vigencia, mientras que aquellas que sólo atinan a mirar su estrecho interés corporativo se distancian tanto del interés común que, a poco de expresarse, acaban siendo funcionales a quienes, de la igualdad, no quieren tener ni noticias.-
(*) Sociólogo, Conicet. 18 de diciembre de 2011. ARTÍCULO PARA DIARIO BAE

19 de diciembre de 2011

Carta Abierta nº 11: Carta de la Igualdad


Carta Abierta nº 11: CARTA DE LA IGUALDAD

I

El triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones del 23 de octubre con el 54% de los votos expresa la voluntad popular por la profundización de los cambios. En esa decisión de millones de personas se vislumbra la apuesta por una política transformadora, perseverante en su irreverencia frente al orden establecido. En su seno, conjurando la totemización del mercado, rescatando voces antiguas de la fragua popular e intentando frente a ellas nuevas formas de lo político, late incipiente la otrora desterrada utopía de la Igualdad. Es acompañada por la validación de un tipo de gobernabilidad que no puede concebirse por fuera de la recreación incesante de lazos constitutivos con una sociedad activa, heterogénea y abierta
–lazos que se asientan en una mirada no complaciente del itinerario nacional: las convicciones deben atravesar los grandes portales de la vasta institucionalidad estatal y permear sus capas y contornos, se dijo, con recreaciones a que asistimos hoy, en 2003-, y el impulso hacia un extendido compromiso militante que tiene en el entrecruzamiento generacional y la convocatoria activa de la juventud una de sus dimensiones más notables. Los argumentos simplistas de la gran prensa -voto conservador, el consumo, la oposición inexpresiva- son velos que ocultan otros destellos resultantes de ocho años de continuidad que también sostuvieron el 54%. El humor social, la recuperación de valores que parecían perdidos, la identidad como pueblo, la confianza en un liderazgo, el compromiso creciente en capas de la sociedad para participar en lo público, la perspectiva y esperanza en un horizonte, un cierto futuro.  

Recordemos que apenas una década ha transcurrido desde las jornadas de movilización popular del 2001, cuando en las calles se sancionó la derrota política -y comenzó el retroceso cultural- de un modelo económico centrado en el capital financiero y un modo de gobierno consistente en la mera administración de lo ya dado. Fueron días de indignación y luchas callejeras que hicieron visibles y generales otros combates, los que venían sosteniendo organizaciones diversas desde mediados de los años ‘90. Y si aquellas habían crecido en la resistencia creando formas nuevas para la política, los acontecimientos de diciembre fueron sancionados con una brutal represión. La crisis desencadenó una transición política que descargó los enormes costos y ajustes del desplome neoliberal sobre las vidas de las mayorías, ya severamente empobrecidas por el régimen caído. Conjuntamente con una aguda recesión avanzó la desocupación, la exclusión, la marginación y la pobreza; mientras la llamada “pesificación asimétrica” transfería ingresos a los sectores más concentrados de la economía.

La historia abrió una alternativa y una esperanza en el 2003. La extendida experiencia política que denominamos “kirchnerismo”, como metáfora nominativa de una capacidad transformadora de características propias, posee un doble carácter: se nos presenta como la evidencia política e institucional de un heterogéneo subsuelo popular irredento en incesante movimiento, capaz de establecer los núcleos programáticos de una nueva etapa argentina, en plena ocasión de una crisis de hegemonía de dimensiones y, a la vez, como un inusitado giro de la historia, una inflexión sin coordenadas de arribo, un acontecimiento creativo que cambia los parámetros amputados de una dinámica de poder sin destino posible mayor que el de una tragedia que muta en parodia de sí misma. La figura de Néstor Kirchner fue el epicentro de esa combinación. Asume la presidencia con un discurso nacional y popular que se distancia del  camino industrial-exportador -desarrollista de derecha- que había intentado desplegar la transición duhaldista. Las urgencias de la inclusión social, del crecimiento del empleo y de la producción se concibieron, en el incipiente proyecto, inseparables de la aspiración de reconstruir el mercado interno y recomponer los ingresos de los sectores populares y medios. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno se piensa como heredero e intérprete de la movilización social, viendo en lo popular no sólo los rostros de las víctimas del orden en crisis, sino también de una organización de la que no se podría prescindir. Los movimientos de desocupados fueron actores y partícipes de la nueva construcción, junto a los trabajadores organizados y un múltiple escenario social y político.

La desarticulación del último gran intento por emprender un proyecto de transformación nacional había sido acometida por la dictadura terrorista de Estado, más de un cuarto de siglo antes. Los comandantes y ejecutores de la represión masiva de aquella época se encontraban impunes. Los primeros intentos de Justicia sucumbieron bajo las leyes de impunidad. Pero en nuestro país se había desarrollado una inédita construcción militante de Derechos Humanos. Heroica por parte de las Madres de la Plaza, que en plena dictadura lucharon por la recuperación de sus hijos y multiplicada luego en un vasto friso de militancias. Con la decisión de desarmar el dispositivo de la impunidad el gobierno recuperaba las reivindicaciones centrales de ese movimiento: Memoria, Verdad y Justicia y al hacerlo se fundaba a sí mismo como una experiencia política radicalmente nueva. El desarrollo de los juicios, la ejecución efectiva de cientos de condenas y la constitución de una narración de los hechos centrada en la condena del terrorismo de Estado, configuró un camino que debe seguir siendo profundizado con la investigación de los civiles que colaboraron y fueron beneficiados -como en el caso de Papel Prensa y otras 600 empresas- por lo tramitado en las mazmorras concentracionarias.

El desendeudamiento con el FMI y la restructuración de la deuda externa con una quita inédita; las negociaciones salariales en paritarias que construyeron una dinámica de recomposición de ingresos, y luego la estatización de la administración previsional y la inclusión de millones de beneficiarios excluidos en el régimen jubilatorio, trazaron un camino en el que la disidencia con las recetas de las ortodoxias financieras se estableció en el plano de los hechos. La desarticulación del ALCA marcó el nacimiento de una nueva política de integración regional que se iría constituyendo en nuevas instituciones, con el Banco del Sur, la UNASUR y la flamante CELAC. El latinoamericanismo dejaría de ser horizonte de deseo o bandera justamente compartida para convertirse en definición de una política internacionalista y regional.

II

En 2008 la nueva época adquirió otros contornos, signados por el conflicto y el entusiasmo. El justo proyecto de retenciones móviles a las exportaciones agropecuarias condujo a una aguda confrontación del proyecto nacional con el bloque de poder que operó -y opera- como el agente interno de la restauración del proyecto derrotado en 2001. Las corporaciones patronales del campo resistieron y no estaban solas. Un tejido nuevo de poder económico se había articulado en el agronegocio con ellas. Contaban con el apoyo de los medios de prensa concentrados, emparentados ideológicamente y entrelazados en los negocios ligados a la Argentina reprimarizada del fin del siglo pasado. Se sumó toda una oposición política variopinta que conjugaba discursos republicanos, conservadores y “progresistas” para la ofensiva destituyente. Organizaciones emblemáticas del empresariado industrial, como la UIA,  beneficiarias de las nuevas políticas, no se comprometieron con el instrumento que favorecía la diversificación productiva del país, ya por ataduras con la persistente creencia neoliberal, ya por la apuesta a un modelo centrado en la demanda externa, sustentado en salarios bajos.

Los tiempos eran agónicos y parieron nuevos actores en conflicto. Se constituyó el bloque que afirmaría la continuidad de un proyecto que, si heredaba los movimientos populares argentinos, también se mostraba prístino en sus diferencias y fundamental en su novedad. Las organizaciones sindicales, sociales, de Derechos Humanos, una buena parte del arco político progresista y de la izquierda no peronista, se asociaron estratégicamente al futuro del kirchnerismo, que se afianzaba como identidad política. Un frentismo de hecho defendía al proyecto del intento de la restauración conservadora. Carta Abierta nacía en ese momento de disputa como expresión de un tipo de militancia que consistía en tomar la palabra colectivamente, procurar interpretaciones y asumir un compromiso público. El conflicto era evidente: frente a un bloque que impulsaba la autonomía nacional y la ampliación de derechos, se alzaba una coalición destituyente promovida por la elite del privilegio.

El año 2009 supuso un desafío de gran dificultad pero las fuerzas estaban templadas y el gobierno profundizó las políticas reparatorias. La Asignación Universal por Hijo y el programa “Argentina Trabaja” signaron ese momento. Coincidieron durante ese año los efectos de la sequía y la primera fase de la crisis internacional que fueron enfrentados con políticas y medidas que desafiaban las ortodoxias y recomendaciones de los poderes internacionales y locales. Pese a que no escaseaban los conflictos, el gobierno impulsó con fuerza otra reforma estructural: una ley de servicios de comunicación audiovisual, que prescribe límites a los monopolios y amplía el derecho a la información. Doblar la apuesta, se constituiría en una marca de estilo frente a las adversidades.

En dos acontecimientos del 2010 pudo verse el cierre de las dificultades mayores del período: en la fiesta callejera de la conmemoración del Bicentenario y en la dolida y colectiva despedida a Néstor Kirchner. Porque si en el primero se vio la multitud reconocida en la nación que se conmemoraba -y esto es: no en abierto conflicto con el gobierno que la representaba-; en el segundo fue la emergencia de un compromiso activo y militante, descubierto junto con la propia fragilidad de las vidas que lo habían incitado. Y si la fiesta del Bicentenario era la contracara de la justa ira de diciembre del 2001; el duelo en la plaza reponía una confianza en la política que era impensable diez años atrás.

III

Eso fue posible porque la apuesta no fue leve y su horizonte fue la Igualdad. Que no es fácil de definir aunque se advierta su búsqueda en luchas, movimientos, documentos, leyes, hechos de gobierno. No es fácil porque se enlaza a otras cuestiones: la de la Justicia, la Libertad. Elegimos, en este momento, llamar igualdad a las posibilidades de una sociedad más justa con sus integrantes, menos esquiva de lo fraterno y lo cooperativo, menos abrupta en el recorte de las libertades para algunos. No se trata sólo de igualdad de oportunidades reclamada por el liberalismo ni de distribución económica, aunque todo ello resulta imprescindible. La ley del matrimonio igualitario -que lleva en su nombre la cuestión que tratamos-, seguida por otras de muy reciente aprobación, evidencia una virtuosa escucha legislativa de los reclamos y valores impulsados por las minorías. El derecho al aborto, concebido como defensa de la autonomía de las mujeres a definir sobre su cuerpo y su deseo a la maternidad -y ya no como sumisión a la voluntad de un otro-, está en el horizonte de esas medidas que, impulsadas por pocos, inauguran, sin embargo, otro estado de los valores, las creencias y las lógicas que estructuran la vida social.

Si la Igualdad es el horizonte de estas políticas, lo es como igualdad de los diferentes y reconocimiento de la heterogeneidad. Lo es como ampliación de la ciudadanía, que se va desplegando en un recorrido desde la inclusión -con las múltiples estrategias de reparación social- hacia la Igualdad. No es poco lo que falta en este sentido y seguramente nunca el camino estará cumplido. La Igualdad de los diferentes debe ser también el signo de una democratización profunda de la cultura, en la que las mayorías tengan acceso y se generen disposiciones al conocimiento y el disfrute de lo creado por este país. Democratizar la cultura no es sólo generar espectáculos masivos, es también crear las condiciones para la renovación del gusto cultural popular y para el impulso hacia la emergencia de nuevas y distintas expresiones. Hay mojones de este intento -como la ley de medios y Tecnópolis- que debe ser profundizado y ampliado. Y no tratará más que de intentos mientras la educación sea un territorio de reproducción de desigualdades, con escuelas privadas subsidiadas y escuelas públicas que tramitan con notables limitaciones las nuevas heterogeneidades.

Una nueva etapa del proyecto nacido con la asunción de Néstor Kirchner en el año 2003 queda inaugurada en los discursos de cierre de campaña de la Presidenta, en ocasión de la victoria electoral y en el foro del G20. En ellos el ideal de la Igualdad y la crítica del orden global del neoliberalismo resonaron como sus núcleos clave. Posicionarse desde América Latina y el Caribe sin neutralidad ni imparcialidad señala el alineamiento frente al poder central en el orden internacional y del lado de las mayorías populares en la política nacional. No son aceptables las interpretaciones de este triunfo electoral como el resultado de un modelo de consumo y a la vez clientelar, del tipo del que signó los años noventa. Allí se trataba de una política de dádivas en un proceso de exclusión, y el crédito a los sectores medios, el dólar barato y la focalización arbitraria -constructora de desigualdad- avanzaban con un discurso que naturalizaba la desaparición de la política como herramienta de transformación. Se trata de la diferencia del sufragio en una nación de ciudadanos respecto al voto en un mercado de consumidores.


IV

El adelanto de un quinquenio en Argentina y en buena parte de América Latina y el Caribe, respecto del cambio de las condiciones de la economía mundial, generó mejores condiciones para las respuestas frente a la profunda crisis que se despliega en ésta. La histórica denuncia de las “relaciones asimétricas” en la reunión de Mar del Plata que derrotó al ALCA y los proyectos de constitución del Banco del Sur y del UNASUR, así como la desvinculación de las políticas recomendadas por los organismos financieros internacionales, precedieron a una crisis que tiene alcances inéditos, dramáticos y de fin imprevisible.

El desplome financiero conduce a la destrucción de un stock de capital ficticio inconmensurable que provoca el desmanejo de las finanzas globales por los organismos creados para ese objetivo. Las derechas de los países centrales se obstinan en profundizar la lógica ultramercantilista en el funcionamiento de las economías, tanto en los órdenes nacionales como en la esfera global. La democracia en los países centrales emprende el retroceso a una formalidad sin ciudadanía, mientras el poder financiero elige tecnocracias para dirigir a los países en riesgo. Las instituciones que fueron origen y centro de la crisis intentan someter a su cruda ley los presupuestos públicos y dar garantía de continuidad al capitalismo en su forma de financiarización. Xenofobia excluyente y ajustes en los presupuestos públicos; privatizaciones de empresas de servicios y reducciones de salarios; despidos masivos y destrucción de lo que restaba de los Estados de bienestar, configuran el nuevo rostro de los países centrales. En el centro del mundo se diseña un escenario de incertidumbre y amenazas, del que no están excluidas las intervenciones armadas que se excusan en “paradigmas civilizatorios”.

El discurso presidencial en el G20 impugnó el capitalismo financiero, la desregulación y la política de precarización del trabajo. Una impugnación a la esencia del capitalismo realmente existente. Implacable crítica hecha desde la jefatura de un gobierno empeñado en construir una sociedad de derechos mientras ese capitalismo actual los destruye en el centro del sistema global que construyó. ¿Habrá futuro para el capitalismo? ¿Habrá futuro para la humanidad? ¿El anarcocapitalismo conducirá a la barbarie?

Durante la última década nuestra región ha comenzado a desarrollar, de manera creciente, una experiencia económica, política, social y cultural esencialmente diferente de la verificada en el occidente desarrollado. Se trata en esencia de un proceso político dirigido a establecer una “sociedad de derechos” que es incongruente con las sociedades de libre mercado. La preeminencia de lo político, tendencia verificable en gran parte de las nuevas experiencias nacionales de América Latina -con marcadas heterogeneidades indudablemente- supone un ejercicio creativo de regulación pública creciente de aspectos económicos esenciales en la cual la ciudadanía política recupera un lugar preeminente respecto de las relaciones mercantiles no exentos de conflictos y contradicciones. El fracaso del plebiscito popular en Grecia acerca de las recetas ortodoxas de ajuste impuestas por el FMI, Alemania y Francia, permiten realizar un poderoso contraste con la mayoría de los gobiernos latinoamericanos cuya soberanía política en materia económica se acrecienta y complejiza a través de novedosos entramados nacionales y de integración multidimensional. Si bien estos procesos no están exentos de intrincados desafíos, asociadas a un exacerbado grado de transnacionalización, gestión de recursos naturales y a complejos escenarios de tensión distributiva, sus características distan de constituirse en evidencia de la lógica del capitalismo central. La imaginación política regional, la búsqueda de autonomía y la voluntad integradora esencialmente crítica del neoliberalismo han abierto una variante de organización social cuya denominación constituye aún una incógnita a dilucidar recurriendo a nuevos debates aún en ciernes. Parece apropiado evitar referencialidades semánticas a pesadas e irresueltas herencias, no renunciando sin embargo a recuperar del arcón de posguerra la voluntad de las grandes gestas humanas que, a través de distintas identidades, dirigieron su proa a idearios democráticos, populares, independientes, igualitarios y libertarios.

No es fácil darle nombre propio al tipo de sociedad que queremos, dice la Carta Abierta /10 y, ciertamente, ese nombre aparecerá cuando se pronuncie colectivamente, en el interior de la conciencia de miles y miles de personas. La unidad de América Latina y el Caribe, que incluye el rechazo a las conductas imperiales y a la anárquica desregulación financiera, resulta en la urgencia de una autonomía no sólo justa, sino imprescindible, frente al desastroso despliegue reaccionario en el centro del capitalismo mundial. El paradigma de la igualdad adquiere una significación trascendente como brújula en el clima de desazón de esta época.

La recuperación y centralidad de la idea de igualdad representa una transformación cultural en Argentina. El trazo grueso de los cantos de sirena del neoliberalismo fue el de crecimiento y derrame: sin acción pública los estímulos de mercados y ganancias conducirían a la ampliación y eficiencia productiva que desembocarían en la reducción de la pobreza en una sociedad de desiguales para el “bien” de todos. Sin embargo, el resultado fue el estancamiento y la exclusión.

Siempre ha existido una relación contradictoria y tensa entre capitalismo e igualdad. La extensión de los derechos civiles y políticos generalizó la ciudadanía formal, mientras que esa expansión  a la vez operaba como velo de la desigualdad en el acceso a bienes y servicios. La idea liberal de un ámbito público de la política alienado de un espacio privado reservado para la economía, esteriliza la potencia de la primera para transformar la segunda. Ni la igualdad sustantiva, ni la ampliación de derechos son cuestiones de mercados, sino de ciudadanía. La primacía de la política sobre la economía, la intervención pública en ésta, la sustitución del objetivo del crecimiento por el del desarrollo y el privilegio ciudadano sobre la determinación mercantil  para elegir el destino estratégico de una nación, son tributarios de una propuesta de profundización de la igualdad. Ésta es la inscripción del paradigma de la igualdad proclamado por la Presidenta como objetivo de esta etapa.


V

Desde el 2003 se produjo una mejora sustantiva en la distribución del ingreso, tanto que Argentina mejora los índices de la región en términos de equidad distributiva. Luego de 60 años en que nuestro país no salía de la regresividad de su sistema impositivo, se ha alcanzado una leve progresividad. Las retenciones han contribuido a ese cambio. Pero el régimen impositivo sigue siendo injusto con el 20% más pobre de la población y reclama una reforma tributaria. El impuesto a la renta financiera, la mayor progresividad del impuesto a las ganancias, la reforma en el impuesto al valor agregado, la consolidación de las retenciones (inclusive recuperando la idea de retenciones móviles) son cuestiones pendientes.

El crecimiento del gasto público ha contribuido a la mejora de la equidad. El significativo incremento del presupuesto educativo y el aumento del gasto en salud contribuyeron a esa mejora. La inversión realizada en esos campos requiere una renovación ahora cualitativa: una atención que no descanse en la mejora de la infraestructura escolar o sanitaria, sino en la formación docente y la renovación de pedagogías; en el control a los laboratorios y en la generalización de un sistema igualitarista de salud. La quita de subsidios a los ricos y a las clases medias-altas que pueden prescindir de los mismos, también constituye a la equidad distributiva. La reasignación presupuestaria al gasto social y a la inversión pública es de estricta justicia. La campaña mediática que designa la mayor carga como un ajuste tiene una marca clasista. No hay redistribución sin recortes del ingreso de los más pudientes. Ajustistas son las políticas recesivas y restrictivas que disminuyen la capacidad de consumo de las mayorías populares, asociadas a recortes del gasto público y no a las reasignaciones progresivas del mismo, que mantienen su nivel. Un cambio distributivo supone modificaciones en la lógica de consumo y de la propia estructura productiva que provee los bienes para éste.

La cuestión de la igualdad comprende el esencial debate acerca de los sectores en pugna por la distribución del ingreso. Los enfoques económicos que desde diversos sectores apuntan a detener la política de incrementos salariales, ubicándola como causa del incremento de los precios y la disminución de la competitividad externa, tienden a imponer un orden injusto propio de la experiencia neoliberal pero esta vez actualizándolo bajo la forma de una peligrosa heterodoxia de raíz conservadora. Este aparente oxímoron -que puede no ser tal- consiste en propiciar una creciente intervención estatal en materia económica pero amputando una de las políticas que diferenciaron al período abierto en 2003 -asociado a la recuperación de los convenios colectivos de trabajo y la dinámica sindical- del programa económico encarnado por el duhaldismo en beneficio del poder económico local y extranjero. Si se considera que la competitividad externa, luego de la devaluación del peso argentino en 2002, fue explicada por fuertes transferencias de ingresos desde los trabajadores y sectores vinculados al mercado interno hacia los sectores medianos y grandes empresarios y exportadores, más que por un incremento de la competitividad sistémica genuina –sólo posible por saltos tecnológicos y productivos devenidos de una política empresarial de fuertes inversiones que en el caso de las grandes empresas tendió a no verificarse con el mismo dinamismo que en la década de los ’90 a pesar de las comparativamente altas tasas de ganancias de los últimos años-, la política de incrementos salariales sistemáticos propiciados desde el gobierno nacional tendió a compensar esa transferencia inicial y distribuir los beneficios de la acelerada creación de riqueza verificada. Con el fin de preservar el carácter progresivo de la política pública –uno de los basamentos del modelo económico- parece imprescindible encauzar el debate acerca de la inflación y el tipo de cambio hacia los complejos escenarios de la puja entre sectores sociales por la distribución del excedente, ejercicio que implica analizar precios, tasas de ganancia, productividad, inversiones y salarios de manera conjunta. Ello supone en sí una renovada acción estatal, tanto técnica como política, sostenida por un debate público, como expresión evidente de la metáfora presidencial de “sintonía fina”.

Mucho se hizo en estos años en pos de la afirmación de la igualdad. Lo hizo un gobierno componiendo a su alrededor un conjunto de alianzas. No fue menor el lugar que tuvo y tiene en esa alianza el sindicalismo mayoritario. Organizaciones remisas a revisar las lógicas de poder que las estructuran –y que las lleva al reconocimiento de cercanías que son claramente corporativas, como la defensa de algunos dirigentes que son juzgados por delitos económicos, delitos inaceptables desde cualquier percepción efectiva de la defensa de los derechos de los trabajadores-, pero al mismo tiempo forjadas en la protección de los derechos de los asalariados formales. El grupo que hoy conduce la CGT se templó en la resistencia de los años ‘90; y desde el 2003 para aquí articuló alianzas al tiempo que sostuvo la mejora de los salarios y la ampliación de derechos. Un contexto de expansión de la demanda laboral y de paritarias reconocidas lo hizo crecer y afirmarse. Hoy aparecen, enfáticamente anunciadas, oscuridades en esas alianzas.

No es fácil, nunca, orientarse en las coyunturas que son pródigas en ambigüedades, en componer hilos heterogéneos, en presentarse con rostros ambivalentes. Pero todo ello no puede evitar una nitidez que sigue presente: la política argentina sigue teniendo un trazo fundamental que distingue entre un bloque de la reacción y un movimiento -complejo y múltiple- que apuesta por la igualdad. Es inimaginable que los trabajadores argentinos y sus representaciones sindicales elijan el camino de la reacción, arrojándose a los brazos de aquellos que hasta ayer nomás se decían sindicalistas para defender intereses patronales o para actuar como emisarios de la corrosión de la legitimidad institucional. Porque la CGT conducida por Hugo Moyano no tiene nada que ver con un gastronómico de las barrabravas ni con un dirigente de peones rurales que pone a sus afiliados como carne de cañón para un paro patronal. Habrá nubarrones en la coyuntura, oscuridades que opaquen la nitidez, habrá que renovar –para despejarlos- un compromiso común, un compromiso hecho de tensiones, diálogos, conflictos y disidencias pero sustentado sobre un acuerdo necesario: el de profundización de la igualdad, el de ampliación de derechos.


VI

El paradigma de la igualdad como el que se avizora requiere de la autonomía nacional. Un problema central y estructural subsistente e intacto es la extranjerización de la economía. La concentración más esa extranjerización, profundizadas deliberadamente por las políticas neoliberales, contribuyen a una persistente fuga de capitales. Durante los ‘90 se financiaba con endeudamiento y hoy se lo hace con las divisas del superávit comercial, conseguido como resultado de la actual política económica y de las condiciones de la economía mundial. Así, el resultado del esfuerzo común es girado al exterior por los más poderosos, que cuanto más ganan más giran. Las constantes remesas de utilidades revelan que la igualdad no constituye un objetivo exclusivamente social, sino un problema nacional. A la exigencia de mayor inversión se agrega el requerimiento de renacionalizar la economía. Las filiales de las empresas transnacionales orientan su política, mucho más, por las necesidades y lógicas de sus casas matrices que por las definiciones, estímulos y objetivos de la política económica local. Una nueva ley de inversiones extranjeras es necesaria para proveer un marco regulatorio que permita al Estado fijar políticas.

Pendiente está, en función de la profundización de la igualdad, una legislación justa sobre la posesión de la tierra urbana y rural. Los desalojos de los humildes y la prepotencia de quienes los llevan a cabo han causado derramamiento de sangre y muertes. La legislación necesaria implica un debate respecto del derecho de propiedad, que por cierto se originó como todos los derechos civiles como reivindicación de los más débiles frente a los más fuertes. La conquista de los montes por parte de los sojeros tiene la misma lógica que la conquista del desierto del siglo XIX. Se despliega como una violación del derecho de propiedad comunitaria para la vida y la cultura de comunidades enteras, destruyendo los derechos de los pueblos originarios y de los campesinos para establecer otros nuevos, que protejan la apropiación de medios de producción por una clase objetivamente vinculada con la restauración del modelo derrotado en el 2001. Apropiación típica de los conquistadores, por medio de la expulsión de campesinos de sus tierras. La solución del hábitat urbano y rural es, tal vez, la que atendería los problemas de mayor injusticia y violencia, resultantes de inequidades desgarrantes.

La marginación del ideario del desarrollo, y su empobrecimiento al subsumirlo en los conceptos de crecimiento y derrame, fue tributaria de la sanción de leyes financieras que retiraron al Estado de la función de direccionamiento del crédito. Nuevas leyes que regulen el funcionamiento de las entidades, las funciones del Banco Central –que incluyen la recuperación del poder estatal para articular la política monetaria con las otras políticas públicas- y los derechos, acceso y protección a los usuarios del crédito significarán la derogación y el reemplazo de la que fuera la ley de leyes de la política económica de la dictadura terrorista: la ley de entidades financieras, y el de la carta orgánica del Banco Central, columna vertebral de la financiarización.

La vibrante defensa de Cristina Fernández de la gestión en Aerolíneas Argentinas, la estatización que dio origen a AYSA y las diferencias de eficiencia en la gestión pública de los fondos jubilatorios aplicados a proyectos de desarrollo, habilitan una vía de profundización sostenida en la recuperación de la gestión empresaria del Estado. Quedó agotado el discurso de la ineficiencia pública respecto de la virtud de la privada. El desempeño del Banco Nación durante las crisis y en el estímulo del crédito productivo, frente a la conducta lucrativa de corto plazo de una banca extranjera especializada en créditos personales -colocados a altas tasas-, muestra otro contraste que abunda en el fundamento del colapso de esa creencia. El déficit de divisas devenido del empeoramiento del balance energético, alerta sobre una defección exploratoria del capital privado en la industria petrolera. La reinstalación de la centralidad empresaria estatal en esos sectores no sólo atendería a requerimientos del proceso de desarrollo, sino que también crearía condiciones para generar estrategias económicas que no desdeñen el cuidado del medio ambiente a la vez que afirmaría el camino de la autonomía nacional.

VII

Si se piensa en una sociedad de derechos, es impensable avanzar sin la idea del plan. Una sociedad de mercados es una sociedad sin plan, porque la organización de la misma opera indirectamente por el peso de la pura correlación de fuerzas de los poderes económicos. En cambio, la construcción de una sociedad de derechos requiere de la participación ciudadana en las decisiones. Participación cuya fuerza quedó demostrada en la forja de la ley de medios, en su discusión por múltiples foros y en la creación de una sensibilidad social sobre su importancia. No debe ser ese un caso aislado sino el umbral para políticas renovadas en las que se apele a una capilar politización de lo cotidiano. O, dicho de otro modo, en el que se conjugue la igualdad más profunda: aquella que nos hace sujetos políticamente autónomos, capaces de opinar, juzgar, comprometerse y decidir.

Una sociedad movilizada, una opinión pública capaz de forjarse en los debates y no en el pensamiento único, una dirigencia capaz de asumir desafíos renovados, un vasto conjunto de militancias heterogéneas y diferentes, configuran un escenario promisorio para el año que se abre. Los desafíos son profundos y las interpretaciones que se conjuguen deberán estar a la altura. No es tiempo de tratos maniqueos con el pasado ni de juicios sumarios sobre la historia, más bien lo es de recostar nuestra experiencia política sobre la diferencia que establece con otros momentos pero también para que su complejidad ilumine la complejidad del pasado. Porque somos enfáticos habitantes del presente, debemos ser comprensivos visitantes de lo sucedido. A sabiendas de que los tiempos nos exigen una imaginación política renovada y un compromiso colectivo para pronunciar las palabras justas. Aquellas que nos permitan afirmar la igualdad.-